La Cuca, con su perezoso movimiento y su colorido sombrerito. Se paseaba por el zoológico acompañada por su amigo lagarto.
De pronto, frente a la jaula de los monos - juguetones y atléticos - una garra rozó una parte blanda de la cuca. Fue por causa de la risa de los niños, la distrajeron y no se dio cuenta del peligro.
El lagarto vio la expresión de dolor de la Cuca y se confundió, pensó que era pura emoción de estar con él. Jamás se imaginó que tendría oportunidad de conquistar el amor de tan distinguida dama, al menos no en la primera cita.
Un poco más adelante, en la curva que se hace antes de llegar al serpentario, el galancete le dio un empujón a la cuca, un empujón brusco y apasionado.
Los ojos desorbitados, una invitación indecente y las garras. Ah! las garras.
Pero no había tiempo ni ganas para aclarar nada, a la Cuca no le quedó más remedio que abrir sus fauces de oro y devorar al reptilucho enamorado.
Hizo lo que tenia que hacer, pero sintió ganas de llorar cuando recordó que el galán llevaba su celular en el bolsillo, se palpó los bolsillos para confirmarlo. Lo peor fue cuando se dio cuenta de que no podría llamar a la Pili para excusarse de ir a su cumpleaños, ¡tendría que asistir! Qué lástima, era una rota.

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